domingo, 10 de enero de 2010

Madrid, o el ímpetu de un cambio de aires

Siempre he pensado que mi ventura me tiene guardada una jugada de carácter incierto. Quién sabe si algún día me obligo a hacer las maletas e irme de Madrid. ¿Por qué no? No es una pesadilla, aunque quizás -ahora mismo- tampoco sea una ilusión. Pero siempre han venido bien los cambios de aire, de escena, de ambiente...
Si una cosa siempre me ha gustado ha sido viajar, fuese a donde fuese, y mi comportamiento de guiri en mitad de Madrid haciendo fotos a todos los monumentos vistosos, es un ejemplo de mi curiosidad por lo que hay fuera de casa, por lo que me puedo encontrar lejos de aquí.
Bilbao, Donostia, Pamplona, Toledo, Granada, Mérida o Segovia son algunos ejemplos más...
Yo sólo espero que si me surge un cambio de aires, sea por algo bueno, y no tenga que abandonar Madrid para olvidar algo o a alguien. Para eso sirven las escapadas de fin de semana cuando uno puede. Aunque Madrid siempre tendrá ese encanto que tan bien reflejaron Joaquín Sabina (Yo me bajo en Atocha) o Antonio Flores (Pongamos que hablo de Madrid). Por siempre, Madrid ya forma parte de mi vida, vasquito de Chamberí.
Sabina decía que se quedaba en Madrid, que se bajaba en Atocha.
Quién sabe si a mí me toca bajar en Abando...

martes, 22 de diciembre de 2009

La del pirata cojo

Una genialidad del maestro de Úbeda en solitario.



Pero brillante junto a Don Joan Manuel Serrat. Dos pájaros de un tiro. ¡Y vaya pájaros!

domingo, 6 de diciembre de 2009

Canciones

Siempre decimos que hay canciones que aparecen en el momento adecuado. Canciones que nos recuerdan a momentos de nuestra vida, a lugares por los que hemos pasado o a personas con las que hemos pasado algún rato de nuestra vida. Y si fuera por canciones, creo que podría fundir varios momentos de mi corta vida uniéndolas.
Aquellas noches de viernes de la infancia compartidas con mi padre mientras jugábamos a las cartas escuchando la radio (Flaca, Andrés Calamaro). El recordar aquellas fotos hechas en Ondarroa cuando apenas contaba tres años, viendo el puerto y manteniendo, por suerte, aún, algún recuerdo de aquellos tiempos en mi pueblo (Cien gaviotas, Duncan Dhu). Por desgracia, en mi infancia, mucha música no me acuerdo de haber tenido. Por lo que los recuerdos más recientes son más amplios.
Aquellas clases de francés en el instituto con los compañeros, sin nada más que hacer que ponernos a cantar con nuestra profesora Ana canciones, obviamente, en francés (Desenchantée, Kate Ryan). Aquel día de julio que conseguí que me compraran mi guitarra acústica (Lyla, Oasis), la primera canción que conseguí comenzar a estudiar (El último vals, La Oreja de Van Gogh). Mi primer viaje en solitario, con apenas 14 años, al pueblo; que para entonces, aunque ya lo visité de txiki, muchas de las cosas las tenía algo olvidadas (El sol no regresa, La Quinta Estación).
Mi primera visita a mi querida por siempre Donostia - San Sebastián (Mañana, Mikel Erentxun; Soñaré, La Oreja de Van Gogh), los recuerdos de aquellos Andra Maris en el pueblo (Lau Teilatu, Itoiz), aquellas vistas panorámicas de la costa cantábrica desde la ermita (Una calle de París, El Sueño de Morfeo) y por siempre, las amargas despedidas (La playa, La Oreja de Van Gogh).
En clave de humor, fue el comienzo del bachillerato (Roxanne, The Police), no sabíamos a qué nos íbamos a enfrentar en esos dos años tan duros que nos esperaban. Las tardes grises y lluviosas sin nada que hacer salvo estudiar o hacer deberes (Mercy, Duffy). Aquellos jueves -escasos- en los que terminabamos el instituto, porque los viernes no había clase (Nothing sweet about me, Gabriella Cilmi), o el final del primer año de bachllerato, tras pasar algún que otro bachecito de nada (Satisfaction, The Rolling Stones).
Las ganas que entraban, haciéndose uno algo más mayor, de escapar de la monotonía que era Madrid, y no podía (Highway star, Deep Purple). Las imágenes que ofrecían los informativos sobre los conflictos y las penurias que el mundo sufría, y el pensar que cualquier pasado fue mejor que el presente actual (Knocking on heavens door, Bob Dylan).
Segundo de bachillerato fue la primera prueba seria que se interpuso en mi camino. Curso jodido donde los haya, no guardo muchos buenos recuerdos de aquel curso que terminó para mí en mayo de este año. Tras una rotura de peroné en marzo, tras dos operaciones dentro del curso, yo veía como mis posibilidades de escapar del bachillerato se escapaban, pero como siempre dicen, hay que echarle lo suyo, y con esfuerzo y alguna ayuda externa, conseguí pasar (Working on a dream, Bruce Springsteen).
Dicen que el verano posterior a Selectividad es el mejor de nuestras vidas; pues bien, debieron de pasarse mi nombre por donde les pareció oportuno porque desde luego el mío no lo fue. Dos meses de rehabilitación por mi lesión son la excusa por la que no he podido hacer más (Who made who, AC/DC). Por lo que, tras varias decisiones, lo más oportuno e inoportuno a la par, fue retornar a Euskadi, para desahogarme de mis pesares de Madrid. O al menos, para intentarlo; pero como muchas veces pasa, somos incapaces de olvidar (Nos vemos en el camino, El Sueño de Morfeo).
Una salida de Madrid, sin mirar atrás (Cuídate, La Oreja de Van Gogh). La primera canción de trasfondo en mi viaje (Sonrisa especial, El Sueño de Morfeo). Unos paseos con lluvia por el paseo marítimo, contemplando las olas (Haizea, Ken Zazpi), unos paseos por el interior de Ondarroa, contemplando las mismas calles por las que pasé de pequeño (Esa soy yo, El Sueño de Morfeo); y como en mi pueblo no hacía nada más que dar paseos y paseos, pues seguía (Biarritz, Amaral), los ratos vacíos sin nada que hacer, pero mucho que pensar (Si no estás, El Sueño de Morfeo); aquellas mañanas en las que despertarse era imposible (Hoy no me puedo levantar, Mecano), en las que limpiar tu cuarto era una odisea (Perdido en mi habitación, Mecano)...
Tres semanas en mi rinconcito de Euskadi, ayudó en parte a pensar cómo podía afrontar la nueva etapa que me esperaba. Con más temores que motivaciones, abandoné mi lugar de inspiración y marché de nuevo a la metrópolis madrileña (Madrid, La Fuga). El regreso y el encontrarse de nuevo con los amigos (Aquellos años locos, El Canto del Loco) fue un agrado, ya que por suerte, mi mentalidad había dado un cambio radical.
El encontrarse que mis amigos habían mejorado muchísimo en sus vidas y habían hecho progresos mayúsculos, de los que estaba desinformado, debido a que me decidí aislar del mundo por tres semanas para arreglar mis inquietudes (Una foto en blanco y negro, El Canto del Loco). Un momento idílico (Barco a Venus, Mecano), unos paseos matutinos por la Gran Vía o nocturnos por Chamberí pensando en mis cosas (La fuerza del destino, Mecano), recuerdos que a día de hoy mantengo como muy buenos. Una tarde de octubre en la que se conoce a tu grupo favorito (Inmortal, La Oreja de Van Gogh), con una frase que resume en palabras, acciones de meses...
Por aquellos momentos en los que el cobarde de cada uno se impone a los deseos de cada uno (Muñeca de trapo, La Oreja de Van Gogh). Una canción entonada en una fiesta universitaria (Nos sobran los motivos, Joaquín Sabina), un paseo por Sol (Ya no te quiero, Ana Torroja), un sin fin de intenciones (No me canso, Ana Torroja), una canción adecuada para un momento de no hacer nada (Antes de que cuente diez, Fito & Fitipaldis), una canción para relajarse (Crime, Nawja Jean), para un momento de motivación personal (Valiente, Vetusta Morla), para echarse unas risas (Me colé en una fiesta, Mecano) o de relax contemplando el cielo nocturno (Coz I love you, Slade).
para una tarde de viernes sin ganas de hacer nada (Sing, Travis), para cantar a la luz de la luna (Y no amanece, Los Secretos) o a aquella persona (Rubia de la cuarta fila, Joaquín Sabina).
Una canción para el día de cumpleaños (Tú me llevas, Zahara), para el momento en el que uno despierta del sueño idílico para ver que la realidad era otra (Ay qué pesado, Mecano), por todo aquello que soñé y que se quedó en eso, en sueños efímeros que sé que nunca podré cumplir con esa persona (Allí donde solíamos gritar, Love of Lesbian), para pensar que arriesgar intentándolo fue mejor que no haberlo hecho nunca (Nueva York, Vega), el momento posterior en el que todo es nada y nada es todo (Me cuesta tanto olvidarte, Mecano) o en el que los recuerdos invaden a uno y las lágrimas afloran (París, La Oreja de Van Gogh).
La canción que tendría que ayudar a madurar y sin embargo, consigue que recordar el pasado sea la excusa para echar un vistazo a lo vivido (Tiramisú de limón, Joaquín Sabina), la canción que me recuerda a esa persona aún querida (Cuánta decepción, Vega) y aquella conversación a medianoche en su portal (Puedes contar conmigo, La Oreja de Van Gogh).
Y para terminar, aquella canción que tras recibir un gran consejo por parte de esa persona en esa conversación, es imposible de olvidar (El club de los humildes, Mecano).

viernes, 4 de diciembre de 2009

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Larra, vida y obra de un suicida

Adelantado a su tiempo, redactó con un ingenio e ironía fuera del alcance de muchos la situación que vivía la España del siglo XIX. Un disparo puso fin a una corta pero intensa vida cargada de frustraciones personales, recuerdos pesimistas y desengaños por la actitud social del momento.
Periodista crítico, sarcástico y romántico, tiene el honor de reposar como suicida en un camposanto.
La Universidad Rey Juan Carlos y su Departamento de Ciencias de la Comunicación han realizado un video con en el que se quiere homenajear al periodista en el bicentenario de su nacimiento.
Para la elaboración del video-homenaje han contado con la participación especial de Jesús Miranda de Larra, nieto cuarto del escritor, que aportó datos sobre la vida y las costumbres de la época en la que vivió su antepasado, así como los hábitos que tenía el escritor.
Sin duda, nos encontramos ante un personaje algo peculiar. Sus principales desquites fueron sentimentales, algo alejado de la imagen de un hombre culto y noble de carácter que defendía valores más fuertes que el amor. Una persona que se propuso mil y una cosas y sólo acertó en una, como él dijo: "en cada artículo entierro una esperanza o una ilusión".
Crítico, escritor y periodista español del siglo XIX, Mariano José de Larra y Sánchez de Castro, como fue bautizado, nació en la capital en 1809, estando Madrid bajo poder francés tras el levantamiento del 2 de mayo de 1808. Larra, hijo de un médico afrancesado al servicio del ejército napoleónico, tuvo que abandonar el país en 1813, finalizada la Guerra de la Independencia junto a su familia, instalándose en Burdeos y París.
Este exilio duró apenas cinco años, ya que en 1818, gracias a la amnistía decretada por Fernando VII, pudieron regresar varios afrancesados, entre ellos la familia de Larra.
De vuelta a España, Larra vivió en diversas ciudades como Valencia o Valladolid, debido al oficio de su padre, que quería que siguiera sus pasos. Para complacerle, inicia los estudios de Medicina en Valencia y, posteriormente, de Derecho en Valladolid, abandonando al final ambas carreras. Comprueba que esas experiencias no le aportaban nada; necesita algo más acorde a sus gustos con lo que sentirse realizado.
Una vocación secreta empieza a despertarse en su interior con una fuerza imponente. Mariano José quiere ser periodista. En 1829 se casó con Josefa Wetoret, con la que tuvo un matrimonio histérico, de poco amor y menor lleno emocional, y de la que se separó en 1834 tras tener con ella tres hijos: Luís Mariano, Adela y Baldomera. Sin duda, el mayor error sentimental del escritor, aunque no fue el primero que tuvo.
En 1830, pocos años antes de terminar la Década Ominosa, reinando aún el Deseado, Mariano José de Larra, con apenas veinte años, empieza a ser conocido en el mundillo del periodismo. Se inicia como periodista escribiendo artículos en El duende satírico del día, bajo el sobrenombre de el Duende –uno de los tantos que usará– donde se empieza a vislumbrar el genio que Larra poseía.
Más tarde, con sus artículos de costumbre empieza a criticar la sociedad en El Pobrecito Hablador, viendo necesaria la reforma para salir del bache en el que España estaba atascada.
Cuando el periódico cesó, colaboró con La Revista Española, donde usó su seudónimo más famoso, Fígaro, y donde además escribiría alguno de sus artículos más conocidos, como El castellano viejo o En este país. En 1834 publicará su novela histórica El doncel de don Enrique el Doliente, basado en la vida de Macías, trovador del siglo XV; la única novela que realizó.
Viajó a Francia e Inglaterra, donde se codeó con afamados escritores del romanticismo de la talla de Víctor Hugo o Alexandre Dumas, entre otros. Romántico e idealista, se preocupó por la situación político y social que vivía España en su momento, cuyo retraso moral y cultural era vergonzoso.

Larra vivió sus últimos años de vida con un carácter pesimista que, sumado a su visión del estado del país y a su breve proceso de ser diputado por Ávila, diluido tras la sargentada del motín de la Granja, se vio incrementado por el desquite amoroso sufrido con Dolores Armijo que terminaría, nunca mejor dicho, por llevarle a la tumba.
El sufrimiento y el malestar que Larra padecía se pudieron ver reflejados en los últimos artículos que publicó, sobre todo en El día de difuntos de 1836, siendo el final de dicho artículo una nota de suicidio anticipado, relatando su pesar: "¡Santo cielo! También otro cementerio. Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! «¡Aquí yace la esperanza!». ¡Silencio, silencio!".
Mariano José de Larra tuvo un idílico final en el invierno madrileño de 1837, dentro del más puro estilo romántico. Aquel frío lunes 13 de febrero, en su domicilio de la calle de Santa Clara, esquina con Amnistía, cercano a la actual Plaza de Oriente, Larra mantuvo una última conversación con Dolores Armijo, que venía acompañada de su cuñada, en busca de unas cartas personales que le podían comprometer. Intentó esa oportunidad para solucionar sus problemas sentimentales con ella. Nada de nada. Dolores lo tiene claro, marchará a Manila en los próximos días para encontrarse con su marido.
Se puede pensar que la decisión del suicidio lo tomó en caliente, sin embargo, echando una vista al pasado, en sus últimos artículos dejaba las piezas que esa tarde conjuntaron el puzzle.
Momento de tensión después de despedirse de su amada. Las dos mujeres bajan por las escaleras para enfilar las calles en dirección al domicilio de Dolores.
Larra ve pasar el tiempo lentamente.

Cada segundo es eterno. ¿Qué fue lo último que se le pasó por la mente antes de elegir el destino fatal? Decidido, fue a buscar el arma. No tambalea. Anda firme a la muerte y pone fin a su vida de forma tajante apretando el gatillo de su pistola frente a un espejo. La bala penetró entre la oreja y la sien derecha, salió por encima de su sien izquierda, atravesó una puerta vidriera y se instaló en la pared. Tenía veintisiete años. Las calles están oscuras. Momentos antes de que apriete el gatillo, Dolores y su cuñada ya han salido del portal. Hace frío en la capital. Oyen un sonido desgarrador, indudablemente el de un arma que impacta en algo. ¿Qué ocurrió con Dolores? ¿Acaso se detuvo un instante en la calle de Santa Clara a preguntarse por las razones de ese disparo? ¿Siguió andando normal o aceleró el paso temerosa de posibles miradas? ¿Precipitó su viaje a Manila para huir de las murmuraciones de un Madrid donde su amante era una figura conocida? ¿Jugó el azar algún papel en el desenlace de toda esta historia?
Adela, su hija pequeña de seis años, al ir a darle las buenas noches a su padre, es quien encuentra su cuerpo inerte. La inocencia de esta edad le hace exclamar: "Papá se ha caído de la silla".
Fuera como fuera, esta historia acaba mal para ambas partes. Dolores Armijo moriría en el barco que la llevaba a Manila, en un naufragio a la altura del cabo de Buena Esperanza (Sudáfrica).
Su carácter lo hizo poco agradable; se imponía sólo por su talento. El escritor Mesonero Romanos, quien fuera amigo suyo y testigo de sus pesares en los últimos días, habla de su innata mordacidad, que tan pocas simpatías le acarreaba; y Ferrer del Río, de su "índole viciosa, su obstinado escepticismo, su instinto aciago, su condición áspera y exigente".
El funeral de Larra fue multitudinario, y su persona fue homenajeada en los versos de un joven y desconocido José Zorrilla, quien empezó aquel día triste para las letras españolas a engendrar su reconocimiento en la literatura patria.
Larra se convirtió, sin quererlo, en uno de los mayores exponentes del romanticismo español, siendo elogiado más de medio siglo después de su muerte por la flamante Generación del 98.

viernes, 20 de noviembre de 2009

La costumbre que me ha hecho así

Si he de quedarme con algún director de cine de nuestro país, es con el donostiarra Julio Médem. No por ser semipaisano mío, sino porque sus películas me han hecho ver otra dimensión de la vida, y en parte me identifico con él. Esos sentimientos que están escondidos en lo más recóndito de nuestra vida, ese malestar por no ser correspondidos, esa pena por asimilar nuestro destino, esa culpa interna por haber seguido ciegos al corazón, esos sueños que Calderón de la Barca desmitificó...
Si hay una película suya que me ha marcado desde la primera vez que la vi, es la de Los Amantes del Círculo Polar. En esta película, Médem aportó todo su ser cinematográfico, pasando por graves pesares anímicos con posterioridad. Una vez que se ve esta película tantas veces, uno acaba pensando cuales fueron los elementos propios que el director incluyó. La soledad, el amor no correspondido, el destino, la fatalidad y, por último, la muerte. Elementos impropios de la gran mayoría de los directores de nuestro país. Para los que seáis amantes del cine, esta película es muy recomendable. A los que no, también os la recomiendo, porque seguro que con algo, como yo, os identificáis.
Como antes dije, pasó por graves problemas anímicos, como depresiones y traumas psicológicos agudos. Una película tan cargada emocionalmente es el único aval necesario para que esto pueda darse. Muchas veces, el ejemplo de este director ronda la cabeza de uno, e intenta investigar el porqué de las cosas. Ni incluso con los miniguiones que se me ocurren, o con las historias, o con las letras a componer para guitarra, solían salir esas emociones a plasmar.
Poco a poco, es posible que todos aquellos recuerdos que almaceno durante mis dieciocho años de existencia vayan apareciendo sin ver nunca la luz, ya que quedarán como el secreto mejor guardado del autor. Médem plasmó en esta película, que todos somos víctimas de las casualidades de la vida, y ciertamente, así es. Somos víctimas de esas casualidades que a menudo nos rodean. El destino en esta película no es algo que se plasme, ni siquiera aparece como tal.
Es el conjunto de las casualidades que rondan diariamente nuestras vidas. Esas casualidades que nos elevan a tres metros sobre el cielo y que nos bajan al suelo de forma vertiginosa; esas casualidades que sólo ves una vez en mucho tiempo, que se pierden a menudo y que no se recuperan fácilmente. El final de la película es trágico, ya que el ciclo y las casualidades de la vida, así lo quieren.
Muchos lloramos en ese momento, tras aguantar toda la película sin hacerlo. El final acapara el plus de sensaciones que durante el largometraje se incrementa. Sensaciones que se dejan aparecer, brotando de la nada, como la niebla en la mañana.
El quinteto donostiarra de La Oreja de Van Gogh, le hizo un homenaje, más que a la medida, en su segundo disco de estudio, El Viaje de Copperpot.
Una canción que mezcla el theremin con el efecto del bajo y las guitarras en tono eléctrico y acústico, además de la voz de Amaia. Una canción emotiva que expresa, en tono musical, el espíritu de esta película, cuyas frases evocarían recuerdos de cualquier persona, incluyéndome como autor de esta entrada.
Chapó para Julio Médem. Gracias, de todo corazón, por haber conseguido realizar esta película.
Sin duda, esta entrada tiene su doble sentido visto los acontecimientos.